Periodo de adaptación y vinculación

El otro día hicimos una dinámica con el psicopedagogo del cole. Cada acompañante tenía que escribir la historia de un niño que empezaba en el cole.

La mía parecía muy triste. Me daba hasta miedo compartirla. El final hubiera sido bonito, pero teníamos un tiempo muy reducido para hacerla y sólo escribir una parte. Ahora la he terminado, era necesario para sanar esa herida y quizás algún día la comparta. Todavía no.

Era la historia de un niño que quizás tiene 8 meses, 1 año o 2.

Este niño sólo conoce el olor y el calor de su madre, el consuelo de los brazos de papá, el sonido tranquilo y calmado de su hogar, la seguridad de lo ya vivido.

Y un día comienza el cole. Los ruidos son nuevos, el color y la luz son diferentes, hay mucha gente y todo es extraño. También hay una persona nueva, una completa desconocida (yo) que no para de acercarse y moverse por el espacio haciendo y deshaciendo.

Todo va bien mientras mamá está cerca. Cuando mamá se va todo asusta…

Este es en resumen el comienzo de la historia. El final es diferente, esperanzador y bonito, pero para llegar al final hace falta tiempo.

Las adaptaciones son duras. Son duras para el niño, duras para los padres y duras para los acompañantes.

Lo siento, pero en honor a la sinceridad no puedo creer a las escuelas en las que la adaptación dura un par de días y te dicen que todo va bien. Que el niño llora un poco al quedarse pero luego está perfectamente. “No llorar” no es estar perfectamente.

Quien dedique unos minutos a ponerse en el papel del niño, a empatizar e imaginar cómo puede sentirse en esta situación, sabe perfectamente que un niño no puede estar bien.

Y no pasa nada, porque hay niños que simplemente tienen que ir a la escuela. Porque también la escuela les va a aportar cosas maravillosas, porque hay padres que pueden estar más tiempo y otros padres que pueden estar menos tiempo en la adaptación, porque el mundo sigue su ritmo y no se para en las necesidades del individuo.

Todo esto está bien. Se acepta y nos ponemos manos a la obra para transitar todas estas emociones que nos embargan. Porque a veces las cosas no son sencillas pero podemos seguir adelante y encontrar la forma de estar bien, tengas 1, 20 o 50 años.

Todo esto está bien, pero es importante que el punto de partida sea la honestidad, para poder hacer un acompañamiento fiel al niño y a sus padres.

Septiembre (y octubre y quizás más meses…) es un periodo difícil, lleno de miedos y de ausencias y de incertidumbre. También puede ser emocionante y bonito porque cada pequeño paso, cada gesto del niño…cuentan.

Y entonces lo compartes con los padres: ¿Cómo lo has visto hoy?, ¿Qué te ha parecido cuando se ha acercado y me ha traído el material?, ¿Has visto cómo come?, ¡Mira cómo está bajando el escalón!, ¡Se ha acercado a los compañeros!, Creo que empieza a sentirse seguro…

Y eso hace que el día haya merecido la pena.

En la adaptación no hay rutinas. La clase no es ni la sombra de lo que puede llegar a ser. Los primeros meses son un periodo de investigación y experimentación. ¿Hasta dónde puedo llegar con estos niños?, ¿Cómo vienen?, ¿Qué necesitan?.

No hay nada que pueda trabajar con ellos hasta que el miedo pase (su miedo). Hasta que se sientan seguros conmigo.

En la adaptación hay límites que cuidan su seguridad, hay cuentos (muchos cuentos) y canciones, hay almuerzos (un poco caóticos), hay acercamientos tranquilos y no invasivos (si eres un acompañante y quieres que este niño te acepte no quieres ser el pesado de la fiesta que no para de insistir), hay presencia (para que puedan entender que tú estás ahí para cuidarles), hay miedo, hay alegría, hay sinceridad…

Hay inseguridad, no sólo del niño.

Yo también siento inseguridad en muchos momentos (¿es esta la forma correcta de hacerlo? ¿Me estoy equivocando? ¿Me he adelantado?…). También hay inseguridad por parte de los padres, estoy segura de eso (¿Lo estoy dejando antes de tiempo?, ¿Podría hacer algo más?, ¿Es normal que esté así?, ¿Lo cuidan de la forma correcta cuando en casa lo hacemos diferente?…).

Es importante transitar esto y acompañar al niño desde la máxima tranquilidad posible. No dejar que el caos te ponga nerviosa, seguir con el plan establecido, saber observar y conectar con las necesidades del otro.

Más tarde o más temprano todo sale bien. Cogemos el tiempo que tenemos (que a veces es mucho y a veces es muy poco) y hacemos con él lo que mejor sabemos, que es acompañar, pero sin invadir, sin mentir, sin menospreciar la emoción por la que el niño está transitando.

Me ayuda la confianza y el cuidado de los padres.

Me ayuda poder compartir cada día con mis compañeros.

Me ayuda tener un soporte terapéutico en este proceso.

Me ayuda estar muy centrada y tener claro que siempre, siempre, siempre… cuando llega el final de curso puedo pensar: “¿Te acuerdas de lo duro que fue septiembre? ¡Y mira ahora!”

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