El juego en la casa-nido

Me gusta entender el juego libre como la máxima expresión y posibilidad de un niño de ser él mismo.

El juego es pura expresión e infinidad de posibilidades. Parece ser que ahora es necesario justificar el juego como algo útil y provechoso para el niño.

“Fomentemos el juego libre porque así desarrollarán mayor creatividad, pensamiento divergente, habilidades sociales…” y de esta manera, el juego cobra sentido para la sociedad de consumo en la que vivimos. Si el juego es bueno para todas esas cosas, el niño se convertirá en un adulto responsable, trabajador, hábil, útil…

Me parece bien. Que cada uno encuentre el  sentido donde lo necesite, siempre y cuando el juego se respete, pero tengamos en cuenta que el juego tiene finalidad en sí mismo sin que nosotros se la añadamos.

Siento que todo lo que la naturaleza hace está bien hecho. Sabe más que nosotros. El juego es innato al ser humano. No sólo al niño. Hay sociedades en las que los adultos juegan continuamente. En algunas tribus de cazadores-recolectores estudiadas los adultos dedican gran parte de su día a descansar y jugar (que locura, estar sin hacer nada…).

El juego es una forma de aprender, integrar, comunicar, asentar y discurrir.

El juego no tiene límites. Puedes ser lo que quieras ser en un juego. Puedes ponerte a prueba continuamente.

El juego es también una forma de soltar.

Puede ser una forma de divertirte. O no, pues el juego no tiene necesariamente que ser divertido. El juego puede llegar a ser algo muy serio, porque el juego no es una forma de estar entretenido.

Si has observado a un niño jugar, te habrás dado cuenta de que a veces el juego puede ser increíblemente complejo, por lo que no hay espacio para la risa, sólo para la concentración.

Cuando estoy en el acompañamiento al niño me gusta observar muy atentamente. Nunca juego con los niños, a no ser que realmente me apetezca jugar, que sea algo que nazca de mi necesidad. Pero nunca juego para contentar al niño, igual que no lo haría con un adulto. Respeto tanto al niño que no estoy dispuesta a fingir que me apetece un juego cuando no es así.

Observar si, eso si me gusta. Porque, además, pienso que una de las tareas más importantes de mi trabajo es proteger el juego del niño y, para eso, necesito observar.

Muchas personas consideran que tener una ratio de 6, 7 niños para un adulto es un lujazo, que nos sobra tiempo. Yo me siento afortunada por poder trabajar con esos ratios, pero nunca me sobra tiempo, porque cuando no estoy atendiendo al niño, estoy ofreciendo mi cuidado, protegiendo su juego y observando siempre que es posible.

Como no tengo expectativas sobre el rendimiento académico del niño ni sobre cómo o a qué debe jugar, ni el tiempo en el que debe hacerlo, le ofrezco una mirada limpia, lo que creo que supone para él una aceptación incondicional de su ser. Creo que el niño no finge cuando está cerca mía, o al menos espero que sea así.

Mi relación con respecto al juego del niño es de asistencia. Siento que cuando cuido al niño le permito desplegar su autonomía. Cuidar es querer, aceptar, observar, acompañar, crear un espacio seguro y vincular.

Las primeras etapas del juego se dan cuando el niño ni siquiera se desplaza y serán siempre a través de su propio cuerpo. Descubrir una mano con sus deditos, moverla de un sitio a otro. Un pie. Comenzar a girar el cuerpo. Desplazarte tumbado. Ver una sombra reflejarse en la pared… JUEGO.

Pienso que si le pongo un cascabel, un móvil en la cuna, juguetes alrededor, colores e imágenes por todos sitios… le estoy robando estas posibilidades de explorar su propio cuerpo.

Creo que cuando el niño está en esta etapa necesita muy poco. Me gusta dejar cerca suya algunos aros de madera que pueda agarrar o telas pequeñas.

Nunca le dejo materiales con sonido, tipo cascabeles o sonajeros con ruido, por una simple razón: el niño no controla el agarre aún. A veces puede coger un objeto pero le cuesta soltarlo a voluntad. Un material con ruido puede llegar a ser molesto cuando uno está frustrado o intentando hacer una tarea concentrado. Por razón parecida no le dejo telas grandes: podría ponérsela encima cubriendo su carita o cuerpo y luego no poder quitársela. 

Después vienen los desplazamientos en sus diversas formas, las conquistas del espacio. El niño no necesita materiales especiales para llegar aquí. Diría que no necesita materiales de ningún tipo y que el exceso de “juguetes” o materiales interrumpe estas conquistas.

¡Te puedes imaginar algo más increíble que levantarte y andar! ¡Ver el mundo desde otra perspectiva! Todo lo demás sobra. Todo. No hay nada que pueda ser más espectacular que andar o desplazarte de cualquier manera por ti mismo.

Aquí pienso que no necesitan nada más que salir a la naturaleza lo máximo posible y explorar las infinitas posibilidades que le ofrece. No hay sala de psicomotricidad que pueda igualar esto.

De hecho, personalmente, no me encantan las salas de psicomotricidad en esta etapa, pues opino que no suponen un escenario real para el niño y que puede mandarle información errónea sobre su cuerpo. Esta es mi opinión y pido perdón a los psicomotricistas del mundo que se puedan sentir ofendidos. Yo misma meto a los niños en el aula de psicomotricidad de vez en cuando, porque pienso que ofrece otras posibilidades y un escenario seguro, pero son momentos puntuales.

Más tarde, o a veces solapado, comienza la exploración de los objetos.

En el aula de 0-3 tengo objetos súper sencillos y cotidianos, con algunas características:

  • La mayoría de materiales son nobles y de mucha calidad (madera, lanas vírgenes, sedas…)
  • Nunca son de colores cantosos, ni hacen ruido, ni tienen movimiento mecanizado
  • Si son figuras o contienen imágenes son lo más realistas posibles.

Suelo tener coches de madera, animales hechos con lana (un juego de gallinas siempre triunfa), pelotas de diferentes tamaños, colores y texturas, bloques no encajables, utensilios reciclados de la vida cotidiana (botes de champú o cremas, peines, utensilios de cocina…), caracolillos de lana tejidos y algunos animales que suelen ser de plástico y con figuras realistas (este año triunfan los caballos), alguna muñeca hecha de lana y algodón.

Podría tener otros, pero tengo estos.

Hay quien diría que los animales son mejor de madera y poco realistas. Puede ser, pero yo siempre me he sentido tranquila teniendo los de plástico y realistas.

Quiero decir que en mi clase a veces hay algún material de plástico, igual que hay de metal, de madera, de lana… Pienso que el niño puede experimentar con todos ellos.

Tengo muy claro que no me gustan los bloques encajables, y sobre todo no me gustan en los primeros años. Limitan las posibilidades, haciendo que los bloques deban encajar de una forma determinada e insinuando cual es la forma correcta de usarlos. Limita las posibilidades de creación y experimentación.

Los niños adoran los legos y los encajables, para que nos vamos a engañar. Pero como mi trabajo es velar por un espacio adecuado para que el juego se despliegue, me tomo la libertad de que el espacio esté libre de ellos. Ya tendrán tiempo para jugar con ellos más adelante o en sus casas.

Más adelante entran en juego otros materiales. Siempre observo y añado y quito según siento que lo necesiten. 

A veces pruebo con algo, para ver que pasa. A veces triunfa, a veces no. Suelo cambiar los materiales del espacio varias veces al año como mínimo, pero todo dependerá del grupo y de su necesidad.

Nunca hago propuestas de juego, ni provocaciones. El niño sabe cómo y a qué jugar.

Si hago una propuesta, el juego deja de ser libre. Da igual que no le obligue. He plantado una semilla en ese niño y nunca sabré si quiere jugar por interés propio o por complacerme.

Lo único que hago es ordenar el material y dejarlo visible y accesible.

Nunca dejo juegos con instrucciones ni les explico cómo apilar las piezas o preparar la comida.

Nunca hago interpretaciones, por 2 motivos:

  1. Claramente mi interpretación puede ser errónea.
  2. Claramente, en muchas ocasiones, ante una interpretación errónea, el niño prefiere cambiar su juego antes que contradecir al adulto.

Recuerdo un día en que una niña de 2 años estaba haciendo una agrupación vertical muy alta de bloques de madera. Pensé sin decir nada “que torre más alta está haciendo”, cuando de repente ella expresó “¡Ya están preparados los macarrones!”.

El juego evoluciona por sí solo hacia todo aquello que nosotros nos esforzamos por que aprendan: seriaciones, agrupaciones, numeración. Llega un momento en el que todo lo que nos parecen agrupaciones aleatorias empiezan a ser clasificaciones lógicas a ojos del adulto. ¡Lo que pasa es que tenemos tanta prisa porque aprendan cosas que no damos tiempo a que eso suceda!.

Cuando salgo al exterior no subo a ningún niño a un columpio, ni lo balanceo. No le explico cual es la forma correcta de tirarse por el tobogán ni como se sube al balancín. Tampoco se lo muestro para que tome ejemplo.

He visto niños usar los columpios de las formas más inesperadas y alejadas de la visión convencional. Porque el columpio, o el tobogán, o el balancín, es sólo un material más a su disposición que utilizarán de la manera que estimen necesaria para conformar su juego.

Hay otro motivo por el que no juego con ellos ni les subo a los sitios: No quiero crearles dependencia de mi ayuda. Llegará un momento, cuando la naturaleza lo estime, en qué podrán hacer eso que desean por sí solos, con sus habilidades. No seré yo quien les robe el placer de dicha victoria con mis ganas de ayudar.

Y sí, a veces juego con los niños. A veces me apetece pasarles una pelota o jugar a ser pájaros o mariposas volando por el espacio, o echarme una partida de cartas… Pero en esos momentos lo hago por mí, porque quiero jugar y perderme en ese “no hacer nada”. Nunca lo utilizo como una herramienta para vincular con ellos. Siento que no necesito jugar para conseguirlo, simplemente necesito tener presencia.

Y tener presencia para mí no es estar continuamente al lado suyo, haciendo comentarios o palmas o diciendo lo bien que hacen esto o aquello. O sentarme a su lado mientras se desarrolla todo su juego. Para tener presencia me basta con observarlos, con estar relativamente cerca o con interesarme de una forma auténtica por lo que hacen (sin decir nada). Me basta con que a veces me sorprendan mirándolos sin necesidad de que me lo pidan y con dedicarles una sonrisa cómplice cuando logran algo importante para ellos.

Se me olvidó decir, que ante todo, el juego es placer, placer, placer.

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