Tania

Soy Tania, el ser humano detrás de Acebuche Expresión.

Un día, cuando tenía unos 15 años el profesor de filosofía nos preguntó que queríamos estudiar después del instituto. Yo dije que Educación Infantil. El me contestó que una persona que sacaba sobresalientes en filosofía no se podía dedicar a limpiar el culo a niños.

Esa supuso la muestra más evidente de como el juicio externo puede influir en nuestro devenir.

La más evidente, por poco sutil, pero no la única. Nuestro día a día, en especial durante la infancia, está sometido a un juicio constante sobre si todo lo que hacemos y somos es válido o no.

Finalmente no me dediqué a la Educación Infantil (tampoco a la filosofía, por cierto). Sin embargo, siempre he tenido la necesidad de cuidar y comprender a las personas. Necesidad que he ido cubriendo de otras formas diferentes.

Cuando hace unos cuantos años nació mi primer hijo, esta necesidad (la de comprender y la de cuidar) se hizo más imperiosa. Había demasiadas cosas que no entendía: ¿Qué movía a las personas? ¿qué las motiva? ¿Cómo se desarrollaba un ser humano de manera íntegra? ¿Por qué los niños no juegan en nuestra sociedad? ¿Por qué sentía que no se respetaba la diversidad? ¿Cómo puede funcionar un sistema educativo que no tiene en cuenta la individualidad? ¿Por qué me parecía tan alucinante el desarrollo humano y sin embargo se da a entender que sin la intervención continua del adulto el niño no puede hacer nada?

Empezar a dar respuesta a estas preguntas me ha llevado años.

Descubrir que dar respuesta a estas preguntas me va a llevar toda la vida ha sido el primer aprendizaje.

Hace más de 50 años, Emmi Pikler documentó como el niño está preparado fisiológicamente para desarrollarse motrizmente de una manera libre. Para que ese desarrollo se manifieste, necesita de determinadas condiciones afectivas y materiales: Ahí es donde entra el adulto.

También hace muchos años, Arno Stern descubrió en “La Formulación” una necesidad orgánica de expresión, ignorada y vilipendiada. Esta formulación se puede dar a través del juego libre y el trazo, pero para darse también necesita de unas condiciones concretas de asistencia.

La amplitud de estudios que se han hecho sobre el juego, así como diversas investigaciones en neurociencia nos demuestran lo mismo: El niño es capaz de hacer las cosas por si mismo y aprender y desarrollarse a su propio ritmo. Necesita del adulto, pero no para que le impongamos el conocimiento, sino para que podamos crear las condiciones emocionales y físicas que permitan su deriva personal.

Para poder poner en práctica todo esto es necesario desprenderse de todos los juicios, ampliar la mirada y establecer una relación de iguales posando nuestra mirada en el otro.

Me he rodeado de un montón de personas maravillosas que me han acompañado en este aprendizaje. A este acompañamiento es a lo que me dedico ahora, tanto en los talleres de expresión como en la escuela, de diferentes formas y maneras.

Pero esto no termina aquí. Es sólo el principio.